
Capítulo I — La advertencia del abuelo
La lluvia había comenzado desde las seis de la tarde.
No era una tormenta fuerte, pero sí esa lluvia fina y constante que cubría las montañas de Santiago con una neblina espesa.
Daniel Salinas conducía lentamente su camioneta sobre la carretera vieja rumbo a la sierra. A su lado iba su novia, Valeria. En la parte trasera viajaban Marcos, Lucía y Fernanda.
Los cinco habían salido de Monterrey para pasar el fin de semana en una cabaña que un tío de Daniel les había prestado cerca del bosque.
—Te juro que aquí no entra señal ni aunque le reces a todos los santos —bromeó Marcos mientras agitaba su teléfono sin servicio.
Lucía observaba por la ventana.
La neblina comenzaba a cubrir completamente los árboles.
—¿Seguro que sí es por aquí? —preguntó.
Daniel asintió.
—Mi tío me dio las indicaciones. Solo debemos seguir hasta el puente viejo.
Fernanda, que iba callada desde hacía rato, habló de pronto:
—Mi abuela decía que en esta zona salen brujas.
Todos rieron.
—Claro… y también nahuales, duendes y vampiros —contestó Marcos.
Pero Fernanda no sonrió.
—No estoy jugando.
La camioneta avanzó algunos metros más hasta llegar a una pequeña tienda iluminada apenas por un foco amarillo.
Daniel decidió detenerse para preguntar por el camino.
Dentro del local había un anciano sentado junto a una cafetera.
El hombre observó a los cinco en silencio.
—¿Van para las cabañas del monte? —preguntó.
Daniel asintió.
El anciano dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—No salgan después de medianoche.
El ambiente cambió inmediatamente.
—¿Por qué? —preguntó Valeria.
El viejo miró hacia la ventana empañada.
—Porque hoy es jueves… y las brujas bajan de la sierra.
Nadie respondió.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando el techo de lámina.
—Si escuchan que alguien toca la puerta… no abran.

Capítulo II — Los silbidos en el bosque
La cabaña estaba aislada entre árboles altos y húmedos.
No había otras casas cerca.
A las once de la noche la lluvia había parado, pero la neblina seguía cubriendo todo el lugar.
Marcos puso música.
Daniel preparó café.
Lucía grababa videos para redes sociales mientras Fernanda permanecía inquieta observando las ventanas.
—Relájate —dijo Valeria—. Ya pareces la protagonista de una película de terror.
Fernanda respiró profundo.
—¿No sienten raro el ambiente?
Nadie respondió.
Porque justo en ese momento…
Se escuchó un silbido afuera.
Largo.
Agudo.
Lejano.
Todos guardaron silencio.
Luego vino otro.
Más cerca.
Marcos apagó la música.
—¿Escucharon eso?
Daniel se acercó lentamente a la ventana.
Pero afuera solo había árboles cubiertos de neblina.
Entonces ocurrió algo peor.
Se escucharon pasos rodeando la cabaña.
Lentos.
Pesados.
Como si varias personas caminaran alrededor de la casa.
Lucía dejó caer su celular.
Fernanda comenzó a llorar.
—Nos encontraron…
—¿Quiénes? —preguntó Valeria.
Fernanda apenas susurró:
—Las brujas.
En ese instante…
Golpearon la puerta.
Tres veces.
TOC.
TOC.
TOC.
Todos se quedaron inmóviles.
Entonces una voz de mujer habló desde afuera.
—Abran… tenemos frío…
Valeria sintió cómo se le helaba la sangre.
Porque la voz sonaba exactamente igual a la de su madre.

Capítulo III — La procesión
Daniel tomó un cuchillo de cocina.
Marcos apagó todas las luces.
Los golpes continuaron.
Más fuertes.
Más desesperados.
Lucía comenzó a rezar.
Y entonces…
Algo empezó a caminar sobre el techo.
Lento.
Arrastrándose.
Como si unas uñas enormes rasparan la madera.
Fernanda cerró los ojos.
—No las vean directamente…
Valeria comenzó a hiperventilar.
La puerta volvió a sonar.
Pero esta vez no fueron golpes.
Fueron risas.
Risas de mujeres.
Docenas de ellas.
Daniel reunió valor y miró discretamente por una rendija de la ventana.
Y lo que vio…
Lo dejó paralizado.
Mujeres vestidas de negro caminaban lentamente entre los árboles.
Algunas iban descalzas.
Otras llevaban velas encendidas.
Pero ninguna tocaba el suelo.
Flotaban apenas unos centímetros.
En medio de todas venía una mujer mucho más alta.
Su rostro estaba cubierto por un velo negro.
Y sostenía algo entre las manos.
Era un animal muerto.
La mujer levantó lentamente la cabeza.
Y aunque estaba lejos…
Daniel sintió que lo estaba viendo directamente a los ojos.
Entonces la figura señaló la cabaña.
Todas las demás comenzaron a acercarse.

Capítulo IV — La puerta
Las ventanas comenzaron a vibrar.
El viento golpeó la cabaña con fuerza brutal.
Los focos parpadearon.
Lucía gritó cuando vio una mano negra deslizarse lentamente por el vidrio.
No parecía humana.
Los dedos eran demasiado largos.
Entonces la voz volvió a escucharse.
—Déjennos entrar…
Pero ahora no era una sola voz.
Eran muchas.
Todas hablando al mismo tiempo.
Daniel sujetó la puerta mientras Marcos empujaba un sillón contra ella.
Los golpes comenzaron.
Uno tras otro.
Cada vez más fuertes.
La madera empezó a romperse.
Fernanda sacó un rosario temblando.
—No pueden entrar si nadie abre…
Pero en ese momento…
Valeria miró lentamente hacia la cocina.
La puerta trasera estaba abierta.
Y detrás de ella…
Había una mujer parada observándolos.
Sonriendo.

Capítulo V — El amanecer en Santiago
Los gritos comenzaron poco antes de las cuatro de la mañana.
Después…
Silencio.
Un silencio absoluto.
Cuando salió el sol, un campesino encontró la cabaña abierta.
La puerta estaba destrozada.
Había marcas negras en las paredes.
Velas consumidas alrededor de la casa.
Y huellas descalzas que se perdían rumbo al bosque.
Pero nunca encontraron a los cinco jóvenes.
La policía buscó durante semanas en toda la sierra de Santiago.
No hubo rastros.
No hubo cuerpos.
No hubo respuestas.
Solo encontraron el celular de Lucía grabando un último video.
Un video de apenas nueve segundos.
En la grabación se escuchaban risas de mujeres.
Y una voz susurrando:
—Ya vienen por ustedes…
Desde entonces, los habitantes de la zona aseguran que algunas noches de lluvia todavía pueden verse luces caminando entre la neblina.
Y que, si alguien toca tu puerta después de medianoche…
Lo peor que puedes hacer…
Es abrir.
