LA ENFERMERA DE LA CARRETERA NACIONAL

Capítulo I — La lluvia sobre la sierra

La lluvia comenzó poco después de abandonar Monterrey.

No era una tormenta fuerte.

Era peor.

Esa lluvia constante y fría que parecía no terminar nunca.

Las gotas golpeaban el parabrisas mientras Adrián Morales avanzaba lentamente por la Carretera Nacional. La neblina descendía desde la sierra cubriendo parcialmente el camino.

Las luces apenas alcanzaban a iluminar algunos metros adelante.

—Debimos esperar a mañana —murmuró Lucero desde el asiento trasero.

Karen Ruiz observaba en silencio la oscuridad detrás de la ventana.

Llevaba más de diez minutos sin hablar.

Diego, en cambio, intentaba romper la tensión revisando canciones en el celular, aunque la señal había desaparecido hacía varios kilómetros.

—Relájense —dijo sonriendo—. Solo es lluvia.

Pero nadie respondió.

Porque el ambiente se sentía extraño.

Pesado.

Como si algo los observara desde el bosque.

Adrián sujetó con fuerza el volante.

La carretera estaba completamente vacía.

Ni un solo automóvil.

Ni un solo tráiler.

Solo lluvia.

Niebla.

Y oscuridad.

Entonces Karen habló por primera vez desde que salieron.

—Mi papá odiaba esta carretera.

Lucero volteó.

—¿Por qué?

Karen tardó unos segundos en responder.

—Era paramédico.

El silencio volvió al automóvil.

—Siempre decía que aquí aparecía una enfermera después de medianoche.

Diego soltó una pequeña risa nerviosa.

—Claro… la típica mujer fantasma.

Pero Karen negó lentamente.

—No era una mujer cualquiera.

Según él… aparecía buscando heridos.

Capítulo II — La mujer en la carretera

La lluvia comenzó a caer con más fuerza.

El sonido sobre el techo del automóvil era casi ensordecedor.

Adrián redujo la velocidad al entrar en una curva cubierta completamente por niebla.

Y entonces…

Lucero gritó.

Una figura apareció frente al vehículo.

Adrián frenó violentamente.

Las llantas resbalaron sobre el pavimento mojado.

El automóvil se detuvo a pocos metros de una mujer parada en medio de la carretera.

Nadie habló.

La figura permanecía inmóvil bajo la lluvia.

El uniforme blanco parecía antiguo.

Muy antiguo.

Como los uniformes de enfermería de décadas atrás.

El cabello oscuro le cubría parcialmente el rostro.

Y aun bajo la tormenta…

No parecía moverse.

Karen sintió que el cuerpo se le helaba.

—No puede ser…

Diego observó hacia adelante intentando convencerse de que era una persona normal.

—Tal vez tuvo un accidente…

Entonces la mujer levantó lentamente la cabeza.

Y habló.

—¿Ya llegaron los heridos?

La voz sonó extraña.

Como un eco húmedo.

Lejano.

Adrián sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Lucero comenzó a rezar en voz baja.

Karen sujetó el brazo de Diego.

—No abras la ventana.

Pero Diego ya había bajado unos centímetros el cristal.

La enfermera se acercó lentamente.

Sus zapatos mojados arrastraban agua mezclada con lodo.

Y cuando las luces iluminaron mejor su uniforme…

Todos vieron las manchas oscuras.

Parecían sangre vieja.


Capítulo III — La pasajera

—Necesito llegar con los heridos… —susurró la mujer.

Su voz parecía venir desde muy lejos.

Como si hablara desde dentro de un túnel.

Karen respiraba cada vez más rápido.

—Adrián… vámonos…

Pero algo estaba mal con el automóvil.

El motor comenzó a fallar.

Las luces parpadearon.

La radio emitió un ruido de interferencia.

Y entonces…

Todo se apagó.

El vehículo quedó completamente a oscuras.

Lucero comenzó a llorar.

La lluvia seguía golpeando violentamente el exterior.

Diego intentó encender nuevamente el auto.

Nada.

Karen sacó lentamente un rosario que llevaba en la bolsa.

Las luces volvieron segundos después.

Y la enfermera ya no estaba frente al vehículo.

Adrián observó rápidamente los espejos.

La carretera estaba vacía.

—¿Dónde está…? —susurró Diego.

Entonces escucharon una respiración detrás de ellos.

Lenta.

Profunda.

Todos voltearon al mismo tiempo.

La mujer estaba sentada en el asiento trasero.

Sonriendo.

Lucero gritó.

Karen dejó caer el rosario.

Y Adrián sintió cómo el aire dentro del automóvil se volvía helado.

La enfermera inclinó lentamente la cabeza.

—Llegaron demasiado tarde…


Capítulo IV — La ambulancia desaparecida

La radio comenzó a encenderse sola.

Primero se escuchó estática.

Luego…

Una grabación antigua.

“…Unidad 14 reportando accidente…”

Karen dejó de respirar por un instante.

Reconoció la voz inmediatamente.

Era la voz de su padre.

La grabación continuó entre interferencias.

“…la ambulancia cayó al barranco…”

“…hay múltiples heridos…”

“…necesitamos apoyo…”

La lluvia afuera parecía volverse más intensa.

Y entonces aparecieron luces rojas entre la neblina.

Docenas de ellas.

Como ambulancias rodeando lentamente el automóvil.

Karen comenzó a llorar.

—Mi papá murió aquí hace treinta años…

La enfermera levantó lentamente el rostro.

Su piel ahora parecía gris.

Los ojos completamente negros.

Agua mezclada con sangre descendía por su uniforme.

—Nunca llegaron por nosotros… —susurró.

Entonces algo golpeó el techo del automóvil.

Una vez.

Luego otra.

Y otra más.

Como si varias personas caminaran sobre el vehículo.

Lucero cerró los ojos.

Diego intentó abrir la puerta.

Pero estaba bloqueada.

Las luces rojas comenzaron a acercarse lentamente desde la carretera.

Y entre la neblina…

Comenzaron a aparecer siluetas humanas cubiertas de sangre y lodo.

Pacientes.

Paramédicos.

Personas heridas caminando bajo la lluvia.

Todos observando el automóvil.

Todos acercándose lentamente.

Capítulo V — La grabación de la madrugada

A las seis de la mañana, un trailero encontró el automóvil abandonado a un costado de la carretera.

Las puertas estaban abiertas.

El motor seguía encendido.

Pero no había nadie dentro.

Ni Adrián.

Ni Karen.

Ni Diego.

Ni Lucero.

La policía revisó cámaras cercanas buscando respuestas.

Solo encontraron una grabación extraña.

A las 2:13 de la madrugada…

Una ambulancia antigua apareció cruzando lentamente la carretera bajo la lluvia.

Las luces rojas iluminaban completamente la neblina.

Detrás de ella caminaba una mujer vestida de enfermera.

Y alrededor…

Decenas de personas avanzaban lentamente bajo la tormenta.

Como una procesión de muertos.

Pero lo peor vino después.

Los registros oficiales confirmaron algo imposible.

La ambulancia desapareció en 1994 tras caer a un barranco durante una tormenta.

Nunca encontraron a los paramédicos.

Ni a los pacientes.

Ni los cuerpos.

Desde entonces, algunos conductores aseguran que todavía pueden verla caminando sola bajo la lluvia sobre la Carretera Nacional.

Esperando.

Buscando ayuda.

Preguntando siempre lo mismo:

—¿Ya llegaron los heridos?

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