LA ÚLTIMA CORRIDA

Una historia de terror en una carretera de montaña

La lluvia había comenzado poco después de las nueve de la noche.

Al principio eran gotas dispersas que golpeaban el parabrisas del autobús con un sonido casi tranquilizador.

Después se convirtió en una tormenta.

El agua caía con tanta fuerza que las luces delanteras apenas alcanzaban a iluminar unos cuantos metros de carretera. Más allá de ese pequeño túnel amarillo solo existía oscuridad.

A ambos lados se levantaban enormes árboles cubiertos de humedad. Las ramas se movían con el viento y, de vez en cuando, alguna golpeaba contra la carrocería con un sonido seco.

Tac.

Pausa.

Tac. Tac.

Como si alguien estuviera caminando junto al autobús.

Pero no había nadie.

La carretera que comunicaba la zona montañosa con los pueblos del valle era conocida por sus curvas peligrosas, sus deslaves y, sobre todo, por los accidentes ocurridos a lo largo de los años.

Los habitantes tenían un nombre para ese tramo.

Le decían:

La Curva de los Muertos.

Y aquella noche, Mariana no tenía otra opción que atravesarla.

El último autobús

Mariana salió de trabajar más tarde de lo previsto.

Había sido un día largo. Demasiado largo.

Cuando llegó a la pequeña terminal, el reloj de la pared marcaba las 10:43 de la noche.

El lugar estaba prácticamente vacío.

Solo quedaban dos vendedores cerrando sus puestos, un guardia de seguridad medio dormido y el conductor del último autobús de la noche.

Mariana se acercó a la taquilla.

—¿Todavía sale el de San Miguel?

La mujer detrás del vidrio levantó la mirada.

—El último.

—¿A qué hora?

—En cinco minutos.

Mariana miró hacia la calle.

La lluvia había convertido el estacionamiento en un espejo negro.

—¿Seguro que sí va a salir?

La mujer hizo una pausa.

—Si el chofer decide irse, sí.

Mariana frunció el ceño.

—¿Cómo que si decide?

La mujer no respondió.

Solo extendió el boleto.

—Asiento diecisiete.

Mariana tomó el boleto.

17.

Subió al autobús.

Era un vehículo viejo, de esos que habían recorrido miles de kilómetros y conservaban ese olor característico a humedad, tela mojada y combustible.

El conductor estaba sentado detrás del volante.

Un hombre de aproximadamente sesenta años, delgado, cabello completamente gris y una expresión seria.

—Buenas noches —dijo Mariana.

El hombre la miró por el espejo.

—Buenas.

—¿Este llega a San Miguel?

—Sí.

—¿Cuánto tarda?

El conductor encendió el motor.

—Depende de la lluvia.

Mariana avanzó por el pasillo.

Había muy pocos pasajeros.

Una mujer joven dormía cerca de la ventana.

Un hombre con una mochila estaba sentado tres filas adelante.

Y hasta el fondo había un asiento vacío.

Mariana encontró el suyo.

17.

Se sentó junto a la ventana.

Apenas acomodó la bolsa sobre sus piernas, escuchó el cierre de las puertas.

Psssssshhhhh.

El autobús comenzó a moverse.

Mariana miró por la ventana.

La terminal desapareció detrás de una cortina de lluvia.

No sabía que acababa de abordar el último autobús que aquella noche debía circular por esa carretera.

Tampoco sabía que, antes del amanecer, descubriría por qué algunas personas preferían quedarse atrapadas en la montaña antes que tomarlo

La carretera

Durante los primeros veinte minutos, todo parecía normal.

Mariana observaba las gotas resbalando por el vidrio.

Las luces de las casas aparecían ocasionalmente entre la vegetación.

Después desaparecieron.

La carretera comenzó a subir.

El autobús avanzaba lentamente entre curvas cerradas.

El limpiaparabrisas iba de un lado a otro.

Fshhh… fshhh… fshhh…

El sonido terminó convirtiéndose en una especie de hipnosis.

Mariana miró hacia adelante.

El conductor permanecía completamente concentrado.

A su lado estaba otro hombre.

El ayudante.

Era joven, quizá de treinta años. Delgado, con una chamarra oscura y una gorra.

Mariana notó algo extraño.

El hombre estaba mirando hacia atrás.

No hacia ella.

Hacia el fondo del autobús.

Como si estuviera vigilando a alguien.

Después de unos segundos, volvió la mirada hacia el frente.

Mariana decidió no darle importancia.

Sacó el teléfono.

Sin señal.

Guardó el aparato.

Entonces escuchó un sonido.

Toc.

Alguien había golpeado la ventana.

Mariana volteó.

Nada.

Solo árboles.

Toc.

Otra vez.

Esta vez más fuerte.

Mariana acercó el rostro al vidrio.

La lluvia corría por la ventana, deformando las sombras del bosque.

Entonces vio algo.

Una silueta.

Alguien caminaba junto al autobús.

Mariana se incorporó.

La persona estaba completamente empapada.

Era una mujer.

Caminaba lentamente.

Pero había algo imposible.

El autobús avanzaba a más de sesenta kilómetros por hora.

La mujer seguía caminando exactamente a la misma velocidad.

Mariana parpadeó.

La silueta desapareció.

Miró hacia adelante.

El ayudante estaba observándola.

—¿Qué vio?

Mariana tragó saliva.

—Nada.

El hombre mantuvo la mirada unos segundos.

—Mejor.

Mariana sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

El hombre miró hacia el parabrisas.

—Porque aquí hay cosas que es mejor no ver.

La primera parada

A las 11:37 de la noche, el conductor redujo la velocidad.

Mariana levantó la mirada.

No había ninguna población.

Ninguna casa.

Ninguna señal.

Solo bosque.

El autobús se detuvo junto a una pequeña estructura de concreto.

Una parada abandonada.

El conductor abrió las puertas.

Psssssshhhhh.

Mariana miró hacia afuera.

La lluvia caía con fuerza.

Nadie esperaba.

—¿Por qué paramos? —preguntó.

El ayudante no contestó.

Entonces apareció una mujer.

Salió de entre los árboles.

Mariana se quedó inmóvil.

Era la misma mujer que había visto caminando junto al autobús.

Tenía aproximadamente cincuenta años.

Vestía un suéter claro y una falda larga.

Estaba completamente empapada.

La mujer subió.

No dijo una palabra.

El conductor tampoco le pidió boleto.

Simplemente cerró las puertas.

La mujer caminó lentamente por el pasillo.

Pasó junto a Mariana.

Y entonces Mariana notó algo.

La mujer no dejaba huellas de agua.

Su ropa estaba empapada.

Su cabello goteaba.

Pero el piso permanecía completamente seco.

La mujer se sentó tres filas detrás.

Mariana miró al ayudante.

Él seguía mirando hacia adelante.

—¿Quién es? —preguntó Mariana.

El hombre respondió sin voltearla a ver.

—Una pasajera.

—¿Dónde subió?

—Aquí.

—Pero no hay ningún pueblo.

El hombre apretó los labios.

—Ya le dije.

Mariana bajó la voz.

—¿Qué?

Finalmente, el ayudante la miró.

—No les pregunte a dónde van.

Mariana sintió un escalofrío.

—¿A quiénes?

El hombre volvió la mirada al frente.

—A los que suban.

El segundo pasajero

Mariana intentó dormir.

No pudo.

La mujer seguía sentada detrás.

No hacía ningún ruido.

Ni siquiera respiraba de manera perceptible.

La lluvia golpeaba las ventanas.

El motor rugía.

Las llantas desplazaban agua sobre el pavimento.

Hasta que el autobús volvió a detenerse.

11:58 p. m.

Otra parada.

Esta vez apareció un hombre.

Vestía un uniforme azul oscuro.

Parecía trabajador de alguna empresa.

Llevaba una mochila pequeña.

Subió.

El conductor tampoco pidió boleto.

El hombre caminó hacia el fondo.

Se sentó junto a la mujer.

Mariana comenzó a sentirse incómoda.

Entonces escuchó al hombre decir:

—¿Todavía falta mucho?

La mujer respondió:

—Esta vez no.

Mariana sintió frío.

No sabía por qué.

Pero aquellas palabras no parecían una conversación normal.

El autobús continuó.

Cinco minutos después, el hombre se levantó.

Caminó hacia el frente.

Pasó junto a Mariana.

Ella notó algo en su uniforme.

Una pequeña placa metálica.

Tenía un nombre.

RAÚL MENDOZA.

Mariana sintió un extraño presentimiento.

Buscó el nombre en internet.

No tenía señal.

Entonces intentó recordar dónde lo había escuchado.

No pudo.

El hombre regresó a su asiento.

Mariana miró por la ventana.

Y entonces vio una cruz junto a la carretera.

Una cruz de madera.

Tenía una fotografía.

La lluvia dificultaba verla.

Pero cuando el autobús pasó frente a ella, un relámpago iluminó la imagen.

Mariana vio el rostro.

Era el mismo hombre.

El mismo uniforme.

La misma placa.

Raúl Mendoza.

Mariana se levantó de golpe.

—¡Señor!

El conductor frenó ligeramente.

—¿Qué pasa?

Mariana señaló hacia atrás.

—El hombre que subió…

El conductor miró por el espejo.

Su rostro cambió.

El ayudante cerró los ojos.

—No —murmuró.

Mariana sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué pasa?

El conductor no respondió.

Solo dijo:

—No mire atrás.

Pero Mariana ya lo había hecho.

Raúl seguía sentado.

Mirándola.

Y sonriendo.

La niña

A las 12:21 de la madrugada apareció el tercer pasajero.

Esta vez fue una niña.

Tendría unos ocho años.

Vestía un impermeable amarillo.

Llevaba el cabello mojado pegado al rostro.

Subió sola.

Mariana se quedó mirándola.

La niña caminó lentamente hasta el fondo.

Se sentó junto a la ventana.

Mariana sintió algo extraño.

No parecía peligrosa.

Parecía asustada.

La niña levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

Y sonrió.

Mariana no pudo evitar devolverle la sonrisa.

Entonces la niña preguntó:

—¿Usted también va a San Miguel?

Mariana asintió.

—Sí.

La niña miró hacia el frente.

—Yo también.

—¿Con quién vienes?

La niña señaló el asiento vacío junto a ella.

—Con mi papá.

Mariana miró.

No había nadie.

—¿Dónde está?

La niña volvió a mirar el asiento.

—Aquí.

Mariana sintió que se le erizaba la piel.

—No hay nadie.

La niña la observó.

—Usted todavía no lo puede ver.

Mariana no supo qué responder.

La niña sonrió.

—Pero pronto.

Entonces el autobús pasó por una curva.

Las luces interiores parpadearon.

Durante un instante todo quedó oscuro.

Cuando regresó la luz…

La niña ya no estaba en su asiento.

Estaba sentada junto a Mariana.

—¿Me puede guardar esto?

Le entregó una fotografía.

Mariana la tomó.

Era una foto vieja.

Un autobús destruido.

Árboles.

Lluvia.

Personas alrededor de los restos.

Y un grupo de pasajeros.

Mariana acercó la fotografía.

En la parte inferior había una fecha.

18 de agosto de 2009.

La misma fecha.

Diecisiete años atrás.

Mariana sintió que el cuerpo se le congelaba.

Levantó la mirada.

—¿Qué pasó aquí?

La niña respondió:

—Fue la última vez que llegamos.

Diecisiete años

Mariana corrió hacia el conductor.

—¡Detenga el autobús!

El hombre no respondió.

—¡Deténgalo!

El ayudante se levantó.

—Siéntese.

—¡Esa niña me dio una fotografía!

El ayudante la miró.

—¿Qué fotografía?

Mariana se la mostró.

El hombre palideció.

—¿De dónde la sacó?

—Ella me la dio.

El ayudante tomó la fotografía.

Sus manos comenzaron a temblar.

—No puede ser.

—¿Qué?

El hombre miró al conductor.

—Otra vez.

El conductor no respondió.

Mariana exigió:

—¡Díganme qué está pasando!

Finalmente, el conductor habló.

—Ese autobús se accidentó hace diecisiete años.

Mariana sintió que no podía respirar.

—¿Cuál?

—Este.

Silencio.

El motor continuó rugiendo.

—Eso es imposible.

El conductor negó lentamente.

—No.

Mariana miró alrededor.

—Entonces… ¿qué autobús estoy tomando?

El conductor respondió:

—El mismo.

Mariana retrocedió.

—¿Quiénes son ellos?

El conductor miró por el espejo.

Los pasajeros permanecían inmóviles.

La mujer.

Raúl.

La niña.

Y ahora había más.

Mariana comenzó a distinguir rostros que no había visto subir.

Un anciano.

Una joven.

Un hombre con camisa blanca.

Una señora abrazando una bolsa.

Todos estaban sentados en silencio.

Todos mojados.

Todos mirando hacia adelante.

—Murieron diecisiete personas aquella noche —dijo el conductor.

—¿Y ustedes?

El hombre no contestó.

Mariana entendió antes de que pudiera decirlo.

—Ustedes también murieron.

El conductor bajó la mirada.

—Yo manejaba.

El ayudante habló:

—Yo iba aquí.

Señaló el asiento junto a él.

—¿Y por qué siguen haciendo la ruta?

El conductor respondió:

—Porque nunca llegamos.

Un trueno sacudió el autobús.

Y en ese instante…

todas las personas comenzaron a hablar al mismo tiempo.

—Todavía falta.

—Todavía falta.

—Todavía falta.

Mariana se cubrió los oídos.

La niña la miró desde el fondo.

—Falta uno.

La última parada

El autobús continuó avanzando.

Pero la carretera ya no parecía la misma.

Las curvas se repetían.

El mismo árbol aparecía una y otra vez.

La misma señal.

La misma cruz.

La misma curva.

Mariana miró el reloj.

1:17 a. m.

Pasaron diez minutos.

Volvió a mirar.

1:17 a. m.

El reloj se había detenido.

El teléfono tampoco funcionaba.

La niña se levantó.

—Ya casi.

Mariana la miró.

—¿Casi qué?

—Llegamos.

El autobús redujo la velocidad.

Apareció una parada.

Pero esta no era como las anteriores.

Había una caseta vieja.

Un poste oxidado.

Y detrás…

una cruz enorme.

El conductor detuvo el autobús.

Abrió las puertas.

Todos los pasajeros comenzaron a levantarse.

Uno por uno.

La mujer.

Raúl.

El anciano.

La joven.

La señora.

Todos bajaron.

La niña se quedó.

Mariana también.

El conductor apagó el motor.

—¿Qué está pasando?

El hombre miró hacia ella.

—Siempre llegamos hasta aquí.

—¿Y después?

—Después necesitamos uno.

Mariana sintió un frío terrible.

—¿Uno para qué?

El ayudante respondió:

—Para conducir.

Mariana miró al conductor.

Él sonrió tristemente.

—Yo ya estoy cansado.

La puerta del conductor se abrió.

El hombre se levantó.

Caminó lentamente hacia la parte trasera.

Mariana retrocedió.

—No.

El hombre pasó junto a ella.

—Todos necesitamos descansar alguna vez.

Bajó del autobús.

El ayudante hizo lo mismo.

Mariana quedó sola.

Excepto por la niña.

—¿Qué quieren de mí?

La niña respondió:

—Nada.

Mariana sintió alivio.

Hasta que la niña agregó:

—Solo necesitamos que alguien llegue al pueblo y diga que estuvimos aquí.

La niña tomó su mano.

—Porque nadie nos encontró.

El accidente

Mariana bajó.

La niña la tomó de la mano.

Caminaron hacia la cruz.

Cada paso hundía sus zapatos en el lodo.

Entonces Mariana vio algo.

Entre los árboles había un autobús.

Volcado.

Oxidado.

Cubierto de ramas.

La carrocería estaba parcialmente enterrada.

Mariana reconoció el número.

Era el mismo.

El mismo autobús en el que acababa de viajar.

—No…

La niña continuó caminando.

—Aquí fue.

Mariana miró alrededor.

Había zapatos.

Mochilas.

Fragmentos de vidrio.

Fotografías.

Objetos personales.

Y entonces escuchó un sonido.

Un teléfono.

Ring.

Mariana se giró.

Había un teléfono viejo tirado entre el barro.

Volvió a sonar.

Ring.

Mariana lo recogió.

La pantalla se encendió.

Mostraba una llamada entrante.

Mamá.

Mariana sintió un vacío en el estómago.

Contestó.

—¿Bueno?

Del otro lado no se escuchó una voz.

Solo lluvia.

Luego una respiración.

Y después:

—Mariana…

Era la voz de su madre.

—¿Mamá?

—No subas otra vez.

Mariana quedó paralizada.

—¿Qué?

—No vuelvas al autobús.

La llamada se cortó.

La niña la miró.

—¿Quién era?

Mariana comenzó a llorar.

—Mi mamá.

La niña bajó la mirada.

—Entonces todavía tienes tiempo.

—¿Tiempo para qué?

La niña señaló el autobús destruido.

—Para recordar.

Mariana miró nuevamente los restos.

Y comenzó a comprender.

Había visto la fotografía.

Había visto a Raúl.

Había visto a la mujer.

Había visto a todos.

Pero había algo que no había notado.

En la fotografía del accidente había diecisiete pasajeros.

Mariana contó los fantasmas que habían bajado.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco…

Dieciséis.

Faltaba uno.

Mariana miró a la niña.

—¿Quién falta?

La niña levantó lentamente la cabeza.

—Yo.

La niña de la fotografía

Mariana no podía moverse.

—Pero tú estás aquí.

La niña negó con la cabeza.

—No.

—Te vi subir.

—No subí.

—¡Sí!

La niña señaló hacia el autobús.

—Tú me viste porque ya estabas con ellos.

Mariana sintió que el corazón se detenía.

—¿Qué estás diciendo?

La niña se acercó.

—Tú tampoco llegaste.

Mariana retrocedió.

—No.

—Sí.

—Yo subí en la terminal.

—No.

—Tengo mi boleto.

La niña sonrió.

—Míralo.

Mariana buscó el boleto en su bolsa.

Lo sacó.

El papel estaba húmedo.

Pero la tinta había cambiado.

Ya no decía el nombre de la empresa.

Ya no decía San Miguel.

Solo aparecía una fecha.

18/08/2009.

Mariana comenzó a temblar.

—No…

La niña tomó su mano.

—Yo también esperé mucho tiempo.

—¿A qué?

—A que alguien nos encontrara.

Mariana miró el bosque.

—Pero… ¿por qué yo?

La niña respondió:

—Porque tú fuiste la última que murió.

Mariana abrió los ojos.

—¿Qué?

La niña señaló la carretera.

A lo lejos se escuchó un motor.

Un autobús apareció entre la lluvia.

Mariana sintió alivio.

—¡Nos van a ayudar!

La niña negó.

—No.

Las luces se acercaron.

Era el mismo autobús.

Pero ahora estaba completamente destruido.

Avanzaba lentamente sobre la carretera.

Sin conductor.

Las puertas se abrieron.

El interior estaba lleno.

Todos los pasajeros miraban hacia Mariana.

El conductor estaba sentado al volante.

Y a su lado…

había un asiento vacío.

El conductor levantó la mirada.

Y dijo:

—Ya tenemos reemplazo.

La gasolinera

Mariana despertó gritando.

Había luz.

Luz blanca.

Personas alrededor.

Un hombre le sostenía los hombros.

—¡Señorita! ¡Señorita!

Mariana abrió los ojos.

Estaba acostada en el suelo de una pequeña gasolinera.

Había un empleado.

Dos policías.

Y una mujer mayor.

—¿Dónde estoy?

—En la gasolinera de El Mirador.

Mariana comenzó a llorar.

—El autobús…

—¿Qué autobús?

—El que venía de San Miguel.

Los hombres se miraron.

El empleado frunció el ceño.

—No pasa ningún autobús por aquí a esta hora.

—Sí pasó.

—No.

—Yo venía en él.

El policía se agachó.

—¿Cómo se llama?

—Mariana.

—¿Mariana qué?

Ella respondió.

El policía abrió los ojos.

Miró al empleado.

Luego volvió a verla.

—Señorita… usted desapareció anoche.

Mariana negó.

—Eso es imposible.

El policía sacó su teléfono.

—Su familia reportó que salió del trabajo ayer.

Mariana sintió que el mundo se inclinaba.

—¿Ayer?

—Sí.

—¿Qué día es hoy?

El hombre respondió:

—19 de agosto.

Mariana se quedó inmóvil.

Había perdido toda una noche.

El empleado preguntó:

—¿Dónde dice que estuvo?

Mariana comenzó a contar.

La terminal.

La lluvia.

El autobús.

Los pasajeros.

El accidente.

La niña.

El hombre se quedó completamente serio.

—¿Vio a una niña?

Mariana asintió.

—Sí.

—¿Impermeable amarillo?

—Sí.

El hombre se persignó.

—No puede ser.

—¿Qué?

El hombre sacó una fotografía vieja de detrás del mostrador.

Se la entregó.

Mariana la tomó.

Era la fotografía del accidente.

Los diecisiete pasajeros estaban ahí.

El conductor.

El ayudante.

Raúl.

La mujer.

Los demás.

Y la niña.

Mariana señaló la imagen.

—Ella.

El empleado asintió.

—Se llamaba Sofía.

—¿Qué le pasó?

El hombre bajó la mirada.

—Nunca encontraron su cuerpo.

Mariana sintió un escalofrío.

—¿Y los demás?

—Murieron todos.

—¿Cuándo ocurrió?

El hombre respondió:

—18 de agosto de 2009.

Mariana miró nuevamente la fotografía.

Entonces vio algo que antes no había notado.

En la última fila había una persona.

Una mujer joven.

El rostro estaba parcialmente oculto.

Mariana acercó la fotografía.

El aire se le escapó de los pulmones.

Era ella.

La última fotografía

—Eso no soy yo —susurró Mariana.

El empleado no respondió.

Mariana tomó la fotografía con ambas manos.

La mujer de la imagen tenía su mismo rostro.

Su mismo cabello.

La misma cicatriz pequeña junto a la ceja.

Incluso llevaba la misma blusa.

La que Mariana llevaba puesta.

—No puede ser.

El policía se acercó.

—¿Qué día nació?

Mariana respondió.

El hombre revisó algo en su teléfono.

Luego levantó lentamente la mirada.

—Es la misma fecha que aparece en el informe.

Mariana sintió que las piernas le fallaban.

—¿Qué informe?

El policía tragó saliva.

—La mujer que aparece en la fotografía era una pasajera que no estaba registrada en la lista.

Mariana miró la fotografía.

—¿Quién era?

—Nunca supieron.

—¿Por qué?

—Porque murió antes de poder identificarse.

Mariana dejó caer la fotografía.

—¿Entonces quién soy?

Nadie respondió.

El empleado caminó hacia una vieja caja de archivos.

Sacó un periódico amarillento.

Lo abrió.

En la portada aparecía la noticia del accidente.

TRAGEDIA EN CARRETERA DE MONTAÑA. DIECISIETE MUERTOS.

Debajo aparecía una fotografía.

Mariana comenzó a leer.

Dieciséis pasajeros habían sido identificados.

El conductor.

El ayudante.

Los trabajadores.

Las familias.

Todos.

Excepto una mujer.

Y una niña.

Sofía.

El artículo terminaba con una frase:

“Las autoridades continúan buscando a los familiares de una mujer joven y de una menor de aproximadamente ocho años.”

Mariana levantó la mirada.

—¿Nunca las encontraron?

El empleado negó.

—Nunca.

Entonces el teléfono de Mariana comenzó a sonar.

Todos voltearon.

La pantalla decía:

MAMÁ.

Mariana no quería contestar.

Pero lo hizo.

—¿Bueno?

Una voz llorosa respondió.

—Mariana…

Ella comenzó a llorar.

—Mamá.

—Hija… ¿dónde estás?

—No sé.

Silencio.

—¿Qué pasó?

Mariana respiró profundamente.

—Tuve un accidente.

Del otro lado se escuchó un sollozo.

—Mariana…

—¿Qué?

La voz de su madre tembló.

—Hija… tú tuviste un accidente hace diecisiete años.

Mariana cerró los ojos.

El teléfono cayó de sus manos.

La última corrida

Nadie supo explicar qué ocurrió después.

La policía buscó el lugar del accidente.

Encontraron los restos.

Pero estaban abandonados desde hacía diecisiete años.

No había señales recientes.

No había huellas.

No había un autobús circulando.

Y no encontraron a Mariana.

Porque cuando fueron a buscarla…

había desaparecido.

La única evidencia era la fotografía.

Y el boleto.

El mismo boleto que decía:

18 DE AGOSTO DE 2009.

La historia habría terminado ahí.

Como una tragedia más.

Como una leyenda.

Pero meses después, un conductor de autobús que recorría aquella carretera durante una tormenta hizo una llamada a la central.

Dijo que había visto un autobús antiguo detenido junto a una parada abandonada.

No había placas.

No tenía número de ruta.

Pero las luces estaban encendidas.

El conductor disminuyó la velocidad.

Y vio a una mujer parada bajo la lluvia.

La mujer levantó la mano.

El conductor no se detuvo.

Continuó.

Pero cuando pasó junto a ella, la mujer volteó.

Era Mariana.

El conductor la reconoció porque había visto su fotografía en las noticias.

Entonces escuchó algo.

Un golpe en la parte trasera de su autobús.

Toc.

Luego otro.

Toc. Toc.

Miró por el espejo.

No había nadie.

Volvió a mirar la carretera.

Y entonces escuchó una voz infantil detrás de él.

—¿Todavía falta mucho?

El conductor se quedó helado.

No respondió.

La voz volvió a preguntar:

—¿Va para San Miguel?

El hombre apretó el volante.

No quería mirar.

Pero finalmente lo hizo.

En el último asiento estaba una niña con impermeable amarillo.

A su lado estaba Mariana.

Ambas estaban empapadas.

Ambas sonreían.

Y detrás de ellas…

había otros pasajeros.

El conductor frenó.

El autobús se detuvo.

Las puertas se abrieron.

Y una voz masculina, desde el fondo, dijo:

Falta uno.

La historia que nadie quiere comprobar

Dicen que aquella carretera todavía existe.

Dicen también que hay una parada que ya no aparece en los mapas.

No tiene nombre.

No tiene señal.

No tiene luz.

Solo una pequeña estructura de concreto junto a una curva donde los árboles crecen demasiado cerca del camino.

Los habitantes de la zona saben que, durante las noches de tormenta, ningún autobús debería detenerse allí.

Pero algunas veces ocurre.

El conductor ve a alguien esperando.

Una mujer.

Un hombre.

Un trabajador.

Una anciana.

O una niña con impermeable amarillo.

Y si el conductor decide detenerse…

si abre las puertas…

si permite que uno de ellos suba…

entonces el viaje comienza.

Nadie sabe cuánto dura.

Algunos dicen que unos minutos.

Otros aseguran que pueden pasar años.

Pero existe una regla que todos los conductores conocen:

Nunca preguntes quiénes son.

Porque si preguntas…

ellos preguntarán lo mismo.

Y entonces tendrás que responder.

Una madrugada, muchos años después, un conductor encontró un boleto debajo de uno de los asientos.

No tenía fecha de regreso.

No tenía destino.

Solo decía:

ASIENTO 17.

Y debajo, escrito a mano, aparecía una frase:

“La próxima vez no vamos a necesitar que subas.

Vamos a necesitar que conduzcas.”

Desde entonces, cuando la lluvia cae con fuerza sobre aquella carretera, algunos habitantes aseguran escuchar un autobús acercándose desde la montaña.

Primero se escucha el motor.

Después las llantas sobre el pavimento mojado.

Luego el sonido de los limpiaparabrisas.

Fshhh…

Fshhh…

Fshhh…

Y finalmente…

tres golpes en la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

Si alguna vez estás conduciendo de noche por una carretera de montaña y ves a alguien esperando bajo una tormenta…

no te detengas.

No importa si parece perdido.

No importa si es una niña.

No importa si levanta la mano.

Y, sobre todo…

no mires hacia el asiento trasero.

Porque quizá ya haya alguien sentado ahí.

Esperando que termine la última corrida.

Y esperando que falte uno.

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